jueves, 4 de noviembre de 2010

El pensamiento después de los cuarenta.

"Pero espera un minuto", dice el dirigente de empresa. "Puede ser que tenga un pequeño problema con la memoria, pero sigo dirigiendo esta compañía con puño de acero. Las ganancias suben. Me siento en gran forma. Que yo no pueda recordar los nombres de todos mis nuevos vendedores no quiere decir que no pueda ver lo que es bueno para esta compañía y que no me ocupe de todos los asuntos que tengo en mis manos. Mi cerebro envejecido parece manejar muy bien estas cosas. ¡Aún puedo pensar!" Esta afirmación es cierta y a la vez es errada. Lo bueno es que el CI (cociente intelectual) verbal se mantiene en gran parte inalterado con la edad. En una larga serie de estudios sobre la inteligencia verbal no se notan cambios significativos hasta la séptima década de la vida. La capacidad de definir vocablos, de notar similitud entre las palabras y de extraer conceptos de una lectura se mantienen todas intactas hasta una edad avanzada. Aún en la octava década parece haber dos grupos: mientras algunos comienzan a vacilar en algunos tests, otros continúan como si tuvieran veinte años.
Lo que refleja esta notable capacidad es que los adultos han aprendido a reconocer esquemas de comportamiento y de pensamiento. A través de los años estos modelos fueron absorbidos y catalogados ordenadamente y archivados en modo de ser fácilmente accesibles. En este sentido, muy real, ellos están preparados para cubrir la postura de sabiduría que la sociedad le atribuye al anciano. Los ancianos que llevaron una vida observadora aprendieron cientos de escenarios, cientos de lecciones sobre  cómo se comportan y piensan las personas en una deteminada serie de circunstancias. Bajo este punto de vista, están adelantados y presentan una extraordinaria capacidad para dar pruebas de lo que para una persona joven puede ser una nueva dimensión en el conocimiento humano. Y cuando hacen aflorar una de sus intuiciones, generalmente es tan ilustrativa y sutil que inmediatamente se da por demostrada en el anciano una inteligencia intacta. La cuestión es si esa inteligencia que parece intacta es más aparente que real.
El cerebro del anciano no es muy distinto a una computadora altamente eficiente, preparada para fines especiales. Quiere decir que si se le hace la pregunta justa, una pregunta para la cual conoce la respuesta, el sistema parece maravillosamente listo. Si, en cambio, se le pide que piense sobre una información completamente nueva, que requiere la aplicación de un conjunto de conceptos a los que ha sido expuesto el cerebro anteriormente, surge un cuadro muy diferente. Ante tales circunstancias el cerebro envejecido no puede competir con el cerebro joven. Afortunadamente para nosotros, esta situación ocurre raramente en la vida normal de los seres humanos. La mayoría de nosotros maneja un conjunto limitado de conceptos que hemos ensayado muy bien. Somos capaces de reconocerlos y aplicarlos a lo largo de nuestras vidas. Por esta razón parecemos inteligentes a una edad en la que nuestros cerebros, en realidad, tienen notablemente deteriorada la capacidad de deducir desde cero un concepto nuevo que se le presente.

De Cuestiones de la mente de Michael Gazzaniga

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